17.03.2015

Profanando a Cervantes

No todo vale en arqueología. No vale hacer creer que se está visibilizando nuestra profesión cuando se están buscando ídolos. No vale dar patadas al resto de los huesos para separarlos de los muertos ilustres. No vale engañar a la gente con la excusa de un aniversario y dilapidar dinero público para cortar una cinta. Estas prácticas son aquellas de las que llevamos décadas intentándonos separar, huyendo de la arqueología espectáculo, intentando convertir en ciencia -sin restar romanticismo- lo que sólo era aventura, saqueo y affaire fetichista.

Estamos viviendo una comedia lamentable en la que una alcaldesa de Madrid, la desafortunada Ana Botella, se cuelga medallas al casi certificar científicamente lo que ya estaba documentado: que el autor del Quijote se hallaba bajo el convento de las Trinitarias de Madrid, reposando plácidamente. El titular no debería ser otro: Españoles, Cervantes ha muerto. Porque nada nuevo ha aportado esta investigación al conocimiento de nuestro pasado. Sin embargo, el titular son unas palabras de la señora Botella: «Hoy hemos contribuido a la historia y la cultura de España». Así, sin despeinarse, aquella que hablaba de que las medidas de la reforma laboral eran las que habían «traído más progreso al a historia de la Humanidad» vuelve a apelar a su particular concepción de nuestro pasado para arrojar flores a su pésima gestión. En estos lodos, por supuesto, la arqueología resulta vapuleada.

El caso de la búsqueda de Cervantes es otra muestra de cómo se prostituye una profesión humanista en un mundo cortado a medida del neoliberalismo. La arqueología tiene un asiento especial en el uso de las disciplinas científicas para hacer dinero. Los objetos recuperados del pasado ya no tienen ese lugar especial que creíamos que les correspondía, como forjadores de sentido, como cordón umbilical de nuestra identidad, como espejo en el que ver reflejados nuestros actos y a través del cual reflexionar y crecer como personas. Ahora importa hacer de ellos una marca potente que atraiga a la mayor masa de gente que sea posible (si después llega cierto conocimiento del pasado será un mal colateral) y, por supuesto, hacer que toda esta gente pase por caja: entradas, tazas, pósteres, lápices, actos, catálogos de peso, condones incluso. Todo vale y cuanto más rápido mejor, por favor. Que pase el siguiente.

Resulta fundamental recuperar aquí el párrafo que Paul B. Preciado nos regalaba hace unos días en su artículo «El Museo Apagado«:

«Si queremos salvar el museo quizás tengamos que, paradójicamente, elegir la ruina pública frente a la rentabilidad privada. Y si no es posible, entonces quizás haya llegado el momento de ocupar colectivamente el museo, vaciarlo de deuda y hacer barricadas de sentido. Apagar las luces para que, sin posibilidad alguna de espectáculo, el museo pueda empezar a funcionar como un parlamento de otra sensibilidad.»

La profanación de Cervantes es un claro ejemplo de utilización de los huesos de una persona para hacer dinero. No importa que la dignidad de muchas otras todavía retumbe en las cunetas y fosas comunes de la dictadura. No importa que cientos de proyectos arqueológicos de pequeños municipios se estén partiendo el lomo para sacar pequeños pellizcos de financiación que les permitan construir verdadera Historia. No importa que al final todo esto vaya a quedar solo en grandes carteles repartidos por las principales calles de Madrid con el rostro de un señor con gorguera al que nadie ha leído. No. Nada de esto importa porque lo único que se busca es engrosar los bolsillos y el currículum de méritos propios de algunos políticos machacando los huesos de un escritor de renombre.

Como certifica el estudio, Cervantes está más muerto que nunca porque la cultura y la educación están siendo asfixiadas y convertidas en un trámite administrativo, técnico, por el que hay que pasar en fila de a uno, con un orden que enorgullecería al propio Frederick W. Taylor. El pintor burgalés Juan Vallejo reflexiona, enfadado, sobre este tema:

«Esta idiocia y lavado de cerebro que ministros como Wert o presidentes como Rajoy, quieren incrustar en los colegios, no es otra cosa que el destierro de la libertad, de la imaginación, de las artes, de las humanidades, para manipular a su antojo al pueblo. Nunca como ahora es necesaria la rebeldía contra tanto canalla que con los dineros de los ciudadanos corrompe la vida de un pueblo que dio luz a genios como Miguel de Cervantes Saavedra. Que tus huesos no se encuentren querido Cervantes. Esta calaña de gobierno que nos toca en el centenario cuatrocientos de tu obra cumbre es capaz de venderlos al mejor postor.»

Esta idea de buscar la marca, buscar el ídolo, buscar el tesoro o la antigüedad de turno para sacarle provecho económico es la que nos hace ver también en portada de la revista Fuera de Serie a un joven que es presentado como «niño prodigio de la Arqueología» y cuya descripción coincide plenamente con esta idea neoliberal y mercantilista de nuestra disciplina que tanto se aleja de la realidad que queremos construir:

Anticuarios de la era digital. Exhumaciones para ganar unos millones de euros a costa de los huesos de los que tanto han hecho por nuestro país. Olvido y castigo a aquellos que lucharon en el bando equivocado y cuyos restos deben permanecer perdidos y ocultos. Condenas a la educación y a la cultura mientras se defiende, a bombo y platillo, el 400 aniversario de quién sabe qué efeméride de Cervantes. Éste es el mundo de usar y tirar en el que nos ha tocado defender las humanidades. Hay mucho que conseguir y mucho por lo que luchar, y la denuncia de esta instrumentalización de la arqueología, del fomento de la arqueología espectáculo, es una más de estas batallas. Adelante.

P.D.: El humor de twitter a veces nos da ciertos soplos de aire fresco. No os perdáis este artículo de Tremending Topic sobre la búsqueda de Miguel de Cervantes: «Dice Pío Moa que el cadáver encontrado es el de Don Quijote«.

P.D.2: Ha habido gente que ha entendido que este artículo supone algún tipo de desprecio a los profesionales (arqueólogos, antropólogos, etc.) que han realizado el estudio. Nada más lejos. Estoy seguro de que habrán desempeñado su trabajo con la mayor profesionalidad posible y no pongo en duda su metodología. En este artículo se pone en tela de juicio, por el contrario, la voluntad y la motivación política que ha llevado a realizar esta intervención.