Hace unos meses se inauguraba el llamado Museo Virtuale della Valle del Tevere. Se trata en realidad de una instalación en una sala del Museo Etrusco di Villa Giulia compuesta por tres pantallas y una Kinect (dispositivo detector de movimiento) que nos permite interactuar dentro de varias escenas diseñadas para conocer mejor el Valle del Tíber. La idea es interesante y atractiva pero el resultado, la forma en la que se ha llevado a la práctica, no resulta del todo convincente.

La instalación ocupa un espacio arrinconado en una de las salas del Museo y resulta bastante brusco el contacto con ella. Te posicionas sobre el círculo amarillo y empiezas a recibir órdenes en la pantalla central para mover los brazos y, de este modo, mover a tu personaje por los distintos escenarios virtuales. El principal problema es que no se trata de un montaje intuitivo y es fácil que los cinco primeros minutos te encuentres totalmente perdido. Además, el tiempo de reacción de tu avatar virtual desde el momento en el que tú haces algún movimiento resulta excesivamente largo y se rompe la sensación de encontrarte dentro de ese mundo tridimensional.

Este «museo virtual» se compone de cuatro caminos o «salas» que te acercan a distintos aspectos del valle del Tíber:
El problema es que no resulta convincente ninguno de los sistemas para interactuar con estos entornos virtuales: es terriblemente complicado llegar a ningún sitio bajo el agua, resulta desesperante volar sobre el territorio del Tíber sin poder frenarte, sin poder pararte a entender qué diablos está pasando ahí, y las visitas a los entornos romanos resultan tan guiadas y marcadas que la libertad que ofrecen es nula. En definitiva, da la impresión de que cualquiera de estas visitas virtuales se hubiera solucionado mucho mejor con un pequeño audiovisual que hubiera resultado más claro y didáctico.

Una de las cosas positivas de este museo virtual, sin embargo, son los modos de visualización que nos acompañan en la visita al Lucus Feroniae. Se aprovechan las tres pantallas para mostrarnos, en ocasiones, distintas vistas de forma simultánea: a la izquierda el estado original, en el centro nuestra vista en tercera persona, y a la derecha una vista general donde la posición de nuestro avatar aparece representada con un punto blanco. Esto nos permite comprender muy bien dónde nos encontramos y comparar continuamente el estado actual del yacimiento con su reconstrucción virtual, lo que siempre resulta sugerente.
Como anécdota, baste decir que la mujer que se ocupaba de vigilar la sala no comprendía tampoco el funcionamiento del sistema y me llegó a llamar la atención por pasarme veinte minutos sobre el punto de interacción bajo el pretexto de que «no hacía falta que estuviera ahí todo el tiempo, que podía verlo también desde un asiento cercano». Me retiré de ese punto y el Museo Virtual, en efecto, interrumpió la visita, dejándome contrariado ante una indiferente vigilante. Cosas de las nuevas tecnologías.
En definitiva, se trata de otro intento de hacer interactiva una visita virtual compleja, diseñada en un motor de juegos, que se queda simplemente en eso: un paso adelante en la implantación de una tecnología todavía poco madura que parece necesitar aún muchas horas de desarrollo para resultar efectiva e interesante.