Llevo tiempo pensando si escribir o no esta reflexión sobre nuestro lugar en el mundo laboral como profesionales del patrimonio, la arqueología y su representación científica. Estamos en un momento líquido, en el que muchos intentamos encontrar nuestro sitio en un mundo en el que lo que hacemos es considerado, en gran parte de los casos, inútil o, como poco, accesorio.
En un esfuerzo por aportar valor a nuestro trabajo muchos nos hemos intentado mimetizar con la savia que lo impregna todo hoy en día: la lógica empresarial. Nos dejamos de ver como trabajadores culturales al servicio público de la sociedad, nos alejamos del ideal de científico y, mucho más, del de humanista, para convertirnos en empresarios. Ahora nuestro oficio es buscar clientes a los que ofrecer productos de consumo. Poco importa que los mejores trabajos sean aquellos que se llevan a cabo con pasos cortos y mirada larga, de forma reflexiva y, quizás, poco enfocados a la obtención de ningún resultado efectivo. Poco importa que lo importante -para la ciencia y las humanidades- sea muchas veces el camino. No. Es fundamental construir productos tangibles a los que poner un precio y presentar en el engañoso escaparate de las redes sociales para así poder vivir de nuestro trabajo.
¿Lo es? Ni siquiera. Ni aún dejando de lado nuestros principios como -supuestos- humanistas y científicos conseguimos, en muchos casos, vivir de nuestro trabajo. ¿De verdad merece la pena?
En ocasiones, desde luego, es necesario: ofrecemos unos servicios para llevar a cabo labores que el sector público no cree que deba costear. Con el Estado poniendo en manos privadas, subcontratas de subcontratas, nuestra posibilidad de acceso al salario -inestable e irregular- caemos en el terreno de la libre y voraz competencia, de la Ley del Oeste, fuera del amparo regulado, además, de un colegio profesional fuerte que defienda los derechos del gremio.
En un contexto como éste, convertirse en un emprendedor preparado para todo, dejando de lado todos los escrúpulos que sea posible, impedido para investigar con profundidad, atado a plazos acelerados y esclavo del marketing y las redes sociales, resulta prácticamente inevitable.
Esto, sin embargo, no deja de resultar frustrante para muchos de nosotros. Nos preguntamos si no estaremos perdiendo el norte. Si de verdad lo que queremos es este mundo dominado por la apariencia, donde importe más la cáscara que el propio huevo. O si, lo queramos o no, estamos obligados a vivir en él y, por lo tanto, a luchar con sus reglas, en el mismo terreno de juego, para poder ganar. Aunque sea poco.
Hace unas semanas montamos un stand de PAR – Arqueología y Patrimonio Virtual en el MeetArch’16, el novedoso evento que el Colegio de Arqueólogos de Madrid organiza desde el año pasado y que sirve como punto de encuentro para instituciones, empresas y profesionales de la arqueología de todo el país. No pude evitar, sin embargo, que mi sensación fuera agridulce al comprobar que la imagen que proyectamos en redes sociales y detrás de este tipo de stands no se corresponde con la realidad: todo el mundo estaba convencido del gran volumen de trabajo que tenemos pero esto contrasta con nuestra ínfima facturación por trabajos de virtualización del patrimonio realizados durante estos tres años de trabajo y, por ejemplo, con el salario medio mensual que he percibido durante 2015, y que supera por poco los 700 €.
No sé si resulta positivo o no proyectar una imagen desproporcionada e inexacta de la realidad, aunque sea para edulcorarla. No me encuentro cómodo con ello, lo confieso. No me gusta mostrar lo que no es.
De lo que sí estoy seguro es de lo peligroso que es que la ciencia, el estudio del patrimonio y su puesta en valor, la educación y la cultura, se estén convirtiendo, poco a poco, en productos que consumir y desechar, en simples opciones de ocio y espectáculo, en recursos inútiles por poco prácticos o tangibles, por no producir beneficios económicos a corto plazo y que esto nos esté arrastrando a todos a comportarnos como lo que no somos: esclavos de la lógica de producción y consumo de productos fugaces, mal pagados, irreflexivos y vacíos. Eso no es construir cultura.
Es difícil saber hacia donde vamos pero podemos saber hacia donde queremos y no queremos ir. Quizás toca frenar y reflexionar.
