En la dramática situación política actual, la ciudad antigua de Palmira se ha convertido en el símbolo de la destrucción de nuestro pasado a manos de la barbarie, que si en otra época estaba vestida por la esvástica sobre fondo rojo, hoy se cubre con las oscuras banderolas de Daesh y con las sombras, no lo olvidemos, de una Europa insolidaria y vergonzosa, que cuece a fuego lento el auge de la ultraderecha.
La representación gráfica del patrimonio, fundamentalmente todo lo relacionado con las tecnologías de documentación y diseño 3D, está protagonizando la vanguardia estética de la lucha contra este genocidio arqueológico, enarbolando armas como la «fotogrametría involuntaria» y, sobre todo, la impresión 3D.

Hace unos meses se anunció que se reconstruiría a tamaño original uno de los arcos de Palmira en plazas de Londres y Nueva York y desde entonces no hemos dejado de encontrar rimbombantes declaraciones sobre la capacidad de la impresión 3D para reconstruir, in situ y de forma indistinguible del original, los restos volados en pedazos por el terrorismo islamista.
El arqueólogo americano Roger Michel, en declaraciones para «The Guardian«, afirmó que:
«Las impresoras pueden reproducir no solo la textura y superficie de la piedra sino también la composición física de la propia roca. Ellas pueden crear capas de la misma arena, agua y bicarbonato de sodio que dieron forma a las rocas utilizadas en la antigüedad. Ellas podrían reconstruir el polvo original de la ruina in situ. Éste no es un concepto diferente al que movió a los arqueólogos franceses a reconstruir durante el siglo pasado la gran columnata de Palmira.»

Más allá de la posibilidad real de usar la impresión 3D para reconstruir o no los restos perdidos durante la guerra en Palmira -¿está suficientemente desarrollada esta tecnología para hacerlo a gran escala? ¿cuántos millones de euros costaría?- debemos preguntarnos si es éticamente justificable y si centrarnos en las «maravillas» de la virtualización del patrimonio -que, ojo, no ponemos en duda- ayudaría a conservar o no el patrimonio original conservado.
Hace poco leíamos en un titular del «The New York Times«: «If All Else Fails, 3D Models and Robots Might Rebuild Palmyra». ¿Debemos poner toda nuestra confianza en los «robots» como última tabla de naúfrago de la conservación del patrimonio?
Frente a ésto, Amr Al-Azm, arqueólogo sirio, en una entrevista realizada en estos días en el periódico italiano «La Repubblica«, alegaba la necesidad de ser cautelosos:
«Con ésta [la tecnología de impresión 3D] se pueden como mucho realizar copias que no tendrían con seguridad el mismo valor que una restauración arqueológica real. Mi idea es que para el Arco del Triunfo probablemente se pueda llevar a cabo algo, las piedras están allí. Para el Templo de Bal, sin embargo, quizás se puede imaginar una futura restauración con piedras originales y sustituyendo las que hayan sido destruidas con 3D. Pero, en cualquier caso, será algo completamente distinto, porque este tipo de reconstrucción debe mostrar qué es auténtico y qué no lo es. Aunque sea reconstruido, no será capaz nunca más de aportar la misma emoción que el original.»

Al-Azm hace bien en recordar algo que frecuentemente olvidamos cuando hablamos de restauración virtual llevada al campo de lo real y son los principios internacionales de la restauración, recogidos en diferentes cartas a lo largo del último siglo, y que incluyen conceptos tan importantes como la mínima intervención, el uso de materiales apropiados y de métodos reversibles. Parece de que todo esto queda en un segundo lugar cuando nos lanzamos a la euforia de la restauración mediante impresión 3D, creyendo que podemos recuperar lo que Daesh ha dinamitado.
El conflicto, sin embargo, debe ser más moral que técnico: ¿es fundamental, en un momento como éste, reconstruir Palmira mediante tecnología 3D? e incluso, yendo un paso más allá, debemos preguntarnos, ¿es necesario reconstruir Palmira hoy por hoy? Siria es un país que sigue sumido en la guerra civil y en el conflicto internacional que implica a países de todo el mundo -y, no sin razón, muchos ya han hablado de Tercera Guerra Mundial-.
El drama humano que implica miles de muertos por la guerra y el terrorismo y los cientos de miles de desplazados y refugiados a los que desde Europa damos la espalda nos debe hacer replantearnos si no es un tanto hipócrita por nuestra parte estar debatiendo sobre la pertinencia o no de reconstruir mediante impresión 3D las ruinas de Palmira. ¿Qué diablos les importa eso a los cientos de miles de personas que luchan cada día por sobrevivir a la guerra, al hambre, al frío?

El uso de las técnicas propias de la virtualización del patrimonio no es negativo. La fotogrametría digital o el diseño 3D constituyen herramientas fascinantes para «recuperar» de forma gráfica el estado original de los restos arqueológicos de Palmira y otros sitios golpeados por la guerra. Debemos aprovecharlas y ponerlas en práctica aquellos que podamos, pero nunca hay que poner la técnica por delante de los principios éticos y morales que deben llevarnos a construir otros debates -y, por suerte, también hay varios artículos que ponen en cuestión el debate en torno a la restauración 3D de Palmira y ponen el acento sobre otras prioridades-.
Por mucho que constituyera un hito técnico reconstruir el Templo de Bal parcialmente mediante impresión 3D, conllevaría un desembolso de dinero tal que resultaría vergonzoso pudiéndose ayudar a miles de familias con esos mismos medios.
Es fundamental evitar que la mano negra de Daesh siga destruyendo más elementos patrimoniales, en Siria y otros países, porque el Patrimonio Histórico constituye una de las raíces de cualquier cultura y sociedad, pero no debemos olvidar que el drama humano que genera la guerra no prioriza el hablar hoy por hoy de reconstruir Palmira, sino de reconstruir vidas y familias y esto, por suerte o por desgracia, no podrá hacerse nunca mediante impresión 3D.